Rio San Juan, María Trinidad Sánchez, RD.- El salitre se pega a los ojos y el viento de la costa norte me golpea con la fuerza de un ventarrón. Voy a bordo de una lancha de un solo motor que zarpó hace apenas quince minutos desde los manglares suspendidos de la Laguna Gri-Gri. El océano Atlántico se muestra como un lienzo de degradaciones de azul de oleaje largo.
Pero mi destino no es el horizonte abierto, sino una grieta invisible en la imponente muralla de piedra calcárea que defiende a Río San Juan. Los pescadores y locales lo llaman, con una mezcla de respeto y complicidad, simplemente “El Hoyo”.
Las aguas tranquilas del Hoyo contrastan con el oleaje furioso del Atlántico, creando un milagro óptico
La cicatriz de la roca
Cuando el bote se acerca a la costa, el paisaje impresiona por su hostilidad. La piedra, desgastada por milenios de oleaje indomable, exhibe ese relieve afilado y gris conocido aquí como “diente de perro”. Parece un terreno inhóspito, inaccesible para el pie humano.
Sin embargo, decido desembarcar en un área no habilitada para eso y camino a ras de acantilado para subir y hacer las tomas fotográficas y videos desde tierra firme.
Al transitar por esta zona, mi calzado de goma parece no protegerme por completo.
Frente a mí se abre una cavidad cilíndrica rústica, una depresión esculpida directamente en las entrañas del litoral. La geología kárstica hizo aquí su magia: colapsó el techo de una antigua cueva marina y dejó al descubierto un sumidero perfecto.
“A este lugar vienen cientos de turistas locales y extranjeros. Es uno de esos sitios que, cuando vienen esos tours o turistas independientes, dicen: Quiero ir al hoyo ese que aparece mucho en YouTube”, dijo Juan Almonte, capitán de yola.
En el “Hoyo” hay que tener mucha precaución. Aunque es un lugar ideal para el nado subterráneo los arrecifes suelen ser peligrosos. Jorge González
Quizás lo fascinante no es solo la fosa, sino el milagro óptico que ocurre en su interior. Mientras a pocos metros las olas revientan con furia blanca contra los arrecifes exteriores, dentro del perímetro rocoso el agua descansa con la quietud de un espejo.
Sin maquillaje ni señalizaciones
El “Hoyo” tiene un comportamiento que está íntimamente ligado al estado del tiempo de Rio San Juan y el océano Atlántico. La marea y las olas determinan lo agradable o no del lugar. Jorge González
En toda esta piscina natural pasamos del oleaje picado a un lugar de agua menos salvaje que adquiere un color, turquesa tan intenso que parece artificial. No hay muelles, no hay escalinatas, no hay letreros turísticos ni salvavidas. Es la naturaleza en su estado más puro y rústico.
Aunque no me introduzco en el agua, noto que la visibilidad es total. Las paredes sumergidas bajan de forma vertical hacia una profundidad variable que cambia con la voluntad de las mareas.
El agua entra de forma subterránea; al golpear la roca, produce un estruendo ronco, a la vez que una esquirla de aire me hace estremecer y sentir la verdadera dinámica de este lugar. No es un espacio estático: El Hoyo respira. Con cada embate del Atlántico, el nivel de la piscina sube unos centímetros.
“Déjeme decirle que, en los meses de invierno, cuando los frentes fríos empujan la mar, este sumidero pacífico puede convertirse en un hervidero peligroso. Hoy, por fortuna, todo está tranquilo”, me explicó un pescador que se identificó como Alfonzo Marte.
Río San Juan es famoso por muchas obras de la naturaleza como la Laguna Gri-Gri, por la suntuosidad de Playa Caletón o el misticismo de la Cueva de las Golondrinas; pero este rincón rústico, virgen y escondido a solo cinco minutos del pueblo, guarda una mística diferente.
Es el recordatorio de que, a veces, para encontrar la calma más absoluta, hay que meterse justo en la boca del lobo. O, en este caso, en el corazón de piedra del Atlántico.
