Eran las 10:26 de la noche del miércoles. Estaba sentado a la mesa realizando una actividad de mi maestría cuando, de repente, todo se apagó. Dije en mi mente: «Ya se fue la luz«.
Inmediatamente, comencé a escuchar el sonido de las ventanas corredizas abrirse, pues los residentes sabían que el calor abraza de inmediato. Ingresé a uno de los grupos del residencial y, a las 10:26, alguien escribió: «Cacerolazo«.
Tres minutos más tarde, a las 10:29, la luz regresó, pero solo una fase en el sector Alameda y San Miguel, en Santo Domingo Oeste. Cuatro minutos después, exactamente a las 10:33, la luz que había llegado a algunos edificios y casas aledañas se fue por completo
Lo peor de todo, y a lo que me estoy acostumbrando, es al penoso y angustioso llanto de los niños de meses que viven cerca de mi edificio. Mientras el calor sofoca a los infantes, ese mismo calor irrita a los padres.
A todo esto, se suma la impotencia de saber que los dominicanos gozamos de un paupérrimo y miserable servicio eléctrico.
En cuanto a mí, con mucha calma, acudo a la habitación de mi hijo para abrirle la puerta e ir preparándolo para despojarlo de su pijama. Lo que menos pensaba era que la energía eléctrica llegaría a las 4:47 de la madrugada.LEER MAS…